Cho Seung-Hui: lecciones para la educación

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Cho Seung-Hui: lecciones para la educación

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Creado por Luis Guerrero Ortiz
Lima, 22 de Abril de 2007 3:00 PM

Los hechos son por todos conocidos. Cho Seung-Hui, un estudiante sudcoreano de 23 años, entró el lunes 16 de abril en los dormitorios de la Universidad Virginia Tech, en Estados Unidos, y mató a 32 personas antes de suicidarse. En el Perú, los escolares y aún los jóvenes que continúan estudios no tienen el fácil acceso a armas de fuego que sí poseen sus pares en Norteamérica. Ese acceso libre y legalizado es considerado hoy como una de las causas principales de la masacre. ¿Lo es en verdad?

En una reciente encuesta, casi la mitad de los estadounidenses cree que las leyes sobre armas deberían ser más estrictas y el 87% afirma que la violencia asociada a su uso es un problema muy serio para su país. Un tercio de ellos admite tener una en casa. También se culpa a las autoridades por no haber hecho lo necesario para detectar y reprimir a tiempo a quien consideran un desquiciado, un anormal, un loco, más aún cuando ha salido a luz su paso por un hospital psiquiátrico y su probable consumo de antidepresivos. Por eso las soluciones que hoy se promueven pasan por la restricción legal a la venta de armas, el fortalecimiento de los servicios psicológicos en los centros de estudios y, probablemente, por una mayor severidad en la selección de los postulantes, lo que podría significar barreras especiales para el ingreso de inmigrantes, como Cho.

Es posible que Cho Seung-Hui, en el extremo de sus perturbaciones, haya difuminado los límites de la realidad, derribando las mínimas inhibiciones que suelen impedir a cualquier mortal pasar del odio o el rechazo -por muy justificado que fuese su origen- al acto criminal. Pero Cho era, ante todo, un inmigrante pobre. Se sabe que llegó con su familia de Corea del Sur en 1992, procedente de una zona muy pobre de Seúl, para habitar en los suburbios de Washington. Hasta entonces, no parece haber mostrado señales de locura. «Nunca podría haberme imaginado que él fuera capaz de tanta violencia -dijo uno de sus familiares. El fue alguien con quien crecí y a quien amé. Ahora me siento como si no hubiera conocido a esta persona». En otras palabras, si acaso habitaba un Mr. Hyde en el joven Cho, parece haberse despertado en Norteamérica. Cabe preguntarse entonces, de Seúl a Washington ¿Qué cambió en la vida de este joven para haber oscurecido su mente de ese modo y haber llenado de tanto odio su corazón?

Sus compañeros ponen el problema en él y lo definen como un sujeto extraño, callado, solitario y perturbado, que casi no hablaba con ellos ni los miraba a los ojos. Pero Cho, desde la otra orilla, ha dejado un testimonio distinto. «Me han acorralado en una esquina y me han dejado sólo una opción, la decisión fue de ustedes» dijo en un video póstumo, para preguntarse después «¿Saben lo que se siente ser humillado y crucificado?». Más allá de cualquier hecho objetivo -la decisión de apretar el gatillo fue solo suya en sentido estricto- este joven, que le gustaba firmar documentos e identificarse con un signo de interrogación, se percibía a sí mismo como un excluido.

¿Qué tiene que ocurrir para que un estudiante solitario, atrapado en su soledad, su angustia y su depresión, pase a ser algo más que un alumno o, en el peor de los casos, un raro, en las impersonales rutinas académicas de su centro de estudios? Si la pregunta fuese hecha en los Estados Unidos, la respuesta sería casi obvia: asesinar a sus profesores y a sus compañeros. Pero si nos lo preguntáramos desde aquí, donde el acceso a armas de fuego está más restringido y la banalización de la muerte relativamente menos instalada en la cultura ¿cuáles podrían ser sus opciones?

Si Cho Seung-Hui hubiese sido alumno de una universidad peruana o de algún Instituto Superior Pedagógico o quizás, con menor edad, de algún colegio secundario, pudo haber abandonado los estudios a mitad de camino y perderse en la bruma de los desocupados sin instrucción o a lo mejor terminarlos sin pena ni gloria. Pudiera ser que con calificaciones aceptables, pero con todo su dolor, su confusión y su rabia a cuestas, para integrarse a la enorme masa de anónimos desempleados con certificación académica y dudosas cualidades para desempeñarse con un mínimo de competencia y de salud mental en su vida de pareja, en la crianza de sus propios hijos o en su actividad laboral.

Ocurre que los sistemas educativos están diseñados en principio para hacerse cargo del alumno, no de la persona. En el caso del nuestro y a juzgar por los resultados, lo primero lo hace muy mal, pero no lo puede eludir. Lo segundo, simplemente lo ignora o lo delega a algún tutor, cuando éste existe. Hace siete años, una joven y carismática maestra de primaria, en su primer año de ejercicio profesional, abrumada por la confianza de sus pequeños alumnos, que no dejaban de buscarla en el recreo para compartir con ella un sinnúmero de problemas de orden familiar, decidió prohibirles que le hablen de temas ajenos a la clase. «Yo me preparé para ser maestra, no psicóloga, no tengo por qué hacerme cargo de sus asuntos personales», admitió con escalofriante honestidad.

Como ella, más allá de las cualidades que exhiban en la enseñanza, son muchos los docentes que no se sienten en condiciones de atender ni de entender la subjetividad de sus estudiantes ni, finalmente, en la obligación de hacerlo. De este modo, la idea de que educar es más que instruir y que supone principalmente la formación humana, como consta en el célebre Informe de Jacques Delors, en los acuerdos internacionales sobre educación, en el currículo oficial y hasta en las propias leyes nacionales, termina siendo en los hechos una extravagancia, una penosa humorada.

Pero hay algo más. El sistema también está diseñado para que los aprendizajes constituyan un asunto estrictamente individual, basado en un contrato personal de la familia o del alumno con la institución educativa. Lo que significa, en la mejor tradición liberal, que el éxito o el fracaso de cada estudiante son el problema o el mérito de cada uno, donde los demás no tienen absolutamente nada que ver. De este modo y con mayor razón, los síntomas del sufrimiento de un joven como Cho Seung-Hui, evidentes antes que se produjeran los hechos, eran estrictamente un asunto suyo, a lo más de su familia, pero no una convocación a la solidaridad de sus profesores ni de sus propios compañeros de clase. Todo indica que tales señales no pasaron desapercibidas, pero todos eligieron continuar con sus vidas. Hasta que él, decidió terminar con ellas.

En nuestro medio, la exclusión no tiene que ver sólo con el no acceso a un centro de estudios, sino con el prejuicio y la discriminación que se vive a su interior con insólita naturalidad. Excluidos son los estudiantes censurados y estigmatizados a diario, abierta o solapadamente, por ser pobres, por tener padres que no fueron al colegio, por pertenecer a una familia campesina, por ser los últimos de varios hermanos o hijos únicos de madres sin cónyuge, por ser además tímidos y callados o susceptibles y asertivos, por tomarse su tiempo para entender y para terminar la tarea, por haber repetido de grado, por tener su propio criterio de orden, por hablar de un modo distinto o en un idioma diferente, por haber nacido en una provincia alejada y «extraña», por expresar su desagrado cada vez que se sienten agredidos por un adulto o, simplemente, por razonar con una lógica a veces opuesta a la de sus mayores y llegar a conclusiones distintas.

La experiencia de la discriminación los convierte en objeto de sospechas, rechazos y atribuciones antojadizas, de vacíos y murmuraciones, de aislamientos y desaires, de indiferencia y segregación, sea por sus compañeros o por sus propios maestros. ¿Qué hacen todos ellos con el dolor, la ira, la tristeza, el desconcierto o la impotencia que esta situación les provoca? Algunos constituyen pandillas y reaccionan con violencia, pero muchos se limitan a callarse y a expresar la frustración de otra manera, convirtiéndose en saboteadores crónicos, en nihilistas irreductibles o en durísimos jueces de sí mismos. No compran armas ni disparan contra nadie, pero sí les retiran la fe, a la gente, al sistema y hasta a la imagen que les devuelve el espejo. Como Cho, sin embargo, son vistos como anormales y tratados, por lo general, como amenazas.

Los malos aprendizajes que exhiben nuestras escuelas nos han llevado a la necesidad de exigir mayor efectividad en la enseñanza, mejor calidad en la docencia, controles más sistemáticos de los resultados del servicio educativo y de las políticas diseñadas para mejorarlo. La pobreza de nuestras escuelas nos han llevado a exigir, además, mayor inversión educativa, una distribución mas justa del gasto y una compensación más efectiva y sostenida de las evidentes desigualdades.

Todo eso está bien, pero... ¿Cuánto pesa en los bajos rendimientos que exhibe nuestro sistema la escasísima confianza que deposita en las posibilidades de éxito de sus estudiantes? ¿Cuánto pesa el prejuicio, la subestimación, el menosprecio? ¿Cuánto pesa la incapacidad de las instituciones educativas para hacer sentir incluidos a los que se van quedando atrás y para comprometerse con seriedad a no dejar fracasar a ninguno? ¿Cuánto pesa en la desmoralización de muchos la impersonalidad del ambiente en que se estudia a diario, el anonimato implacable, la rigidez de las normas o la desvergonzada ley del embudo aplicada con impunidad cada vez que conviene?

La tragedia de Virginia Tech nos recuerda que los usuarios de los sistemas educativos son seres humanos, susceptibles de hacer «corto circuito» cuando las condiciones en que estudian los colocan en situaciones límite. Si las políticas dirigidas a mejorar la educación no son pensadas como una oportunidad para humanizar la enseñanza y no sólo para elevar los rendimientos, las sensibilidades se van a seguir desbordando y erosionándose la confianza en sí mismos de toda una generación.

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Fuente Original: El río de Parménides -Sitio en linea
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Luis Guerrero Ortiz

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2007-07-18

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Elva Orozco

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Luis Guerrero Ortiz , "Cho Seung-Hui: lecciones para la educación ," in The April 16 Archive, Item #779, http://www.april16archive.org/items/show/779 (accessed October 22, 2014).